martes, 8 de julio de 2014

Equilibrio

Papá aflojó los tornillos para que aprendiera a andar sin rueditas. Ella me llevó a la vereda de tierra que rodea al hipódromo, justo enfrente de casa. Y cuál es la necesidad de aprender a sostener mi cuerpo todo de nuevo. Le hice prometer que no me soltaría por nada del mundo, giraba apenas mi cuello para ver que ella siguiera ahí, corriendo justo detrás mío, agarrándome de la parte baja del asiento. "Yo no te suelto -me decía-, yo no te suelto", pero para ese entonces ya estaba pedaleando sola y no me daba cuenta de cómo ella se alejaba de mí, aun quedándose quieta entre los troncos viejos y gruesos. Me enojé tanto cuando me dí vuelta que rechacé ese objeto a un costado de la vereda y quise volver a casa. Ahora voy esquivando colectivos, haciendo finitos, calculo el tiempo exacto para pasar en rojo y no morir en el asfalto, pero así y todo no voy a reconocerlo. He decepcionado muchas veces a mi madre y sé que seguiré haciéndolo. No hay lugar en el mundo para dos personas iguales, ni siquiera lo hay en una casa, y por eso me fui apenas terminada la escuela. Pero es necesario para que mamá aprenda. El equilibrio se fabrica con la distancia, si nos quedamos quietas seguramente nos vamos a caer. Ahora rebobino el cassette y resulta que soy yo la que se aleja mientras ella se queda parada, palideciendo bajo el sol de un domingo. Pero yo no te suelto, mamá, yo no te suelto. Daiana Henderson, del libro: Un foquito en el medio del campo.

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